Por: Héctor Márquez

Fotos: Omar Castillo

El slam, la fiesta, las cabelleras largas, las cervezas y la energía juvenil eran una constante en las presentaciones de la CUCA hace 36 años, como maquina del tiempo el recinto de la calle de independencia recibió la noche del viernes a los otrora jóvenes rebeldes que a más de tres décadas hoy portan melenas entre canosas. Pero antes de iniciar con la gran celebración.

la Cuca y Santa Sabina convirtieron al Teatro Metropólitan en un templo vivo de la memoria sónica colectiva de nuestro país. Como un cronista que ha visto nacer, morir y resucitar decenas de proyectos bajo el cobijo de la tinta impresa, puedo asegurar que el balance de este repertorio fue una lección magistral de equilibrio y resistencia contracultural.

Hay repertorios que se limitan a cumplir con el contrato de la nostalgia; otros, los menos, se estructuran como un golpe quirúrgico al mentón de la apatía. José Fors dedicó semanas enteras a trazar la arquitectura musical de esta noche, consciente de que encapsular siete álbumes de estudio exigía un pulso de relojero y la víscera de un carnicero de barrio. El resultado en el Teatro Metropólitan fue un viaje vertiginoso de más de una veintena de canciones donde el pasado y el presente de la agrupación tapatía colisionaron con brutalidad.

El arranque no dio margen al titubeo. Rompiendo el silencio tras la mística obertura gótica de Santa Sabina, Cuca tomó por asalto el escenario encadenando cortes de alto octanaje como “D.D.T.T.V” y la estruendosa “El mamón de la pistola”. Desde esas primeras notas se hizo evidente la estrategia de Fors: intercalar la crudeza contemporánea de placas recientes con las joyas imperecederas de los años noventa para mantener el recinto en un estado de combustión permanente.

el clímax emocional de la velada se tejió en complicidad con la memoria. La presencia de Santa Sabina no solo aportó misticismo a través de clásicos como “Azul Casi Morado” y “Babel”, sino que dejó flotando en el aire el perenne suspiro por la ausencia de Rita Guerrero. En este punto, la noche dejó de ser un simple concierto para transformarse en un manifiesto de supervivencia cultural.

La banda guardó su artillería más pesada. Las luces rojas del proscenio enmarcaron la tríada sagrada que todo el Metropólitan exigía a gritos:“La Balada”: Coreada a una sola voz bajo una marea de pantallas de teléfonos móviles que reemplazaron a los encendedores de antaño.“Señorita Cara de Pizza”: Una explosión de ironía rítmica que sacudió hasta el último rincón de los balcones del recinto.“El Son del Dolor”: El himno definitivo que clausuró la jornada, desatando un estruendo total que obligó a Fors a sonreír con la complicidad de quien sabe que ha librado, una vez más, una batalla perfecta.Al final, cuando las luces del recinto se encendieron y el olor a sudor y cerveza evaporada comenzó a disiparse, quedó claro el mensaje. Cuca no vino a celebrar que el tiempo pasa; vino a demostrar que, para el verdadero hard rock hecho en México, el tiempo es simplemente otra regla que se puede romper.

#cuca

#SantaSabina

#TeatroMetropolitan

#36Aniversario

#cdmx

#bitacoracdmx

Los comentarios están cerrados.