Por: Héctor Márquez

Fotos: Omar Castillo

El Centro de Espectáculos La Maraka vibró anoche con el encuentro sonoro entre el Instituto Mexicano del Sonido y Meridian Brothers, quienes presentaron su proyecto conjunto «Ruido Tovar» ante un recinto repleto de nostalgias psicodélicas, cumbia electrónica y una pista de baile desbordada al sur de la Ciudad de México. La noche en que la cumbia mutó en nave espacial

Las luces de La Maraka se apagaron. El aire olía a cerveza derramada, perfume de Freitag y a esa urgencia de baile que solo la CDMX sabe exhalar en una noche de viernes.

Sobre el escenario, la mítica pista de baile noventera del salón de la colonia Narvarte parecía encogerse ante el tamaño del menjurje sónico que estaba por caer. Camilo Lara, al frente del Instituto Mexicano del Sonido, y Eblis Álvarez, mandamás de los colombianos de Meridian Brothers, no venían a medir fuerzas: venían a fundirlas.

El concepto: «Ruido Tovar» funcionó como un laboratorio viviente donde la música tradicional del Caribe y el folclor mexicano sufrieron una abducción extraterrestre.

Pantallas con visuales retrofuturistas, estrobos ácidos y botargas virtuales que dialogaban con la vieja escuela del danzón y el mambo, un escenario ideal que recordaba aquel ambiente de cabaret de los años setenta.

Una mezcla generacional entre treintañeros nostálgicos de la generacion X y centennials con camisas tropicales de segunda mano no dejaron de bailar toda la noche y solicitar que Ruido Tovar tocará durante más tiempo

Cuando sonaron los primeros acordes fusionados, los meseros esquivaban con maestría olímpica los vasos y los cuerpos entregados al meneo sabroso.

El folclor desquiciado no daba tregua. Por un lado, la agilidad electrónica y socarrona de Lara ponía los beats urbanos; por el otro, la voz alterada por efectos de Álvarez y las guitarras afiladas de los bogotanos pulverizaban cualquier ortodoxia musical.

La Maraka dejó de ser un salón de baile tradicional para convertirse en una cantina intergaláctica. Entre sudor y trompetas procesadas digitalmente, quedó claro que la cumbia no es un fósil de museo: es un organismo vivo que muta, se enoja, se divierte y transpira. Cuando el reloj rebasó la medianoche, nadie quería apagar la tornamesa.

El sudor aún goteaba del techo de La Maraka y el zumbido en los oídos no miente: lo que presenciamos no fue un simple concierto, sino un exorcismo tropical de cara al futuro.

En una Ciudad de México que a menudo olvida sus raíces para abrazar lo ajeno, el Instituto Mexicano del Sonido y Meridian Brothers nos recordaron que la cumbia no es un eco del pasado, sino el lenguaje universal del mañana; anoche, «Ruido Tovar» demostró que el folclor latinoamericano no se archiva en museos, se baila hasta el amanecer.

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